Mucho puede parecer decir que lo lamento, pero lo cierto es que lo lamento.
Lo lamento por todos aquellos que pusieron su gran fe y pequeña fortuna emprendiendo en la más absoluta soledad.
Lo lamento por todos esos soldados sin escudo ni espada, emprendedores tontos e inocentes, sin general, sin siervos, sin seguidores, sin destino cierto y sin ayuda alguna, que vieron desvanecerse ante sus ojos su esperanza, su dignidad y su valía.
Sí, lo lamento, porque cuál humo se esfumaron las ilusiones de muchos innovadores, fruto del cansancio financiero, de la falsa sonrisa y de la desidia institucional y social.
Emprendedores únicos e irrepetibles, germen de bienestar malgastado inútilmente, germen de empleo despreciado con saña, germen de conocimiento vapuleado sin piedad, germen de riqueza despilfarrada por nuestra cruel e indolente sociedad de la innovación y el conocimiento.
Lo lamento, y cuando lo hago, pensando en mí, en ti y en otros tantos seguidores de lo nuevo, de lo aparentemente inaccesible, de lo distinto, de lo único, de lo innovador, mis quejidos sordos se dispersan en el oscuro y lúgubre mundo del olvido.
¡Bienaventurados aquellos que no eligieron el camino del emprendedor!
Lo lamento, y sin embargo, no renuncio, como no renuncias tú, ni él, ni aquellos, ni todos los que se levantan en España y en el mundo pensando en que es posible cambiarlo todo, mejorarlo todo, innovarlo todo.
Lo lamento y lamento lamentarlo, pero no puedo ocultar mi lamento, como no puedo impedir escuchar el lamento de todos los demás innovadores que se lamentan.

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